Claudia Leslie Aguilar Rojas
Caía
la tarde, mientras caminaba apresurada sobre la acera llena de
gente y bullicio y aunque mis ojos apenas conseguían distinguir las
formas humanas de aquellos seres, que también iban apresurados por la
vida, sentí en el aire un aroma intenso a café recién hecho, que
sencillamente susurraba mi nombre al oído. El aroma era evocador,
era naturalmente provocador.
Decidí sorpresivamente dejar de caminar, desvié mis pasos e ingresé a la Heladeria Morita. Pedí un capucchino
caliente, pensando en que aunque me haya detenido en el camino, nada
allá afuera, ni "aqui adentro" puede realmente detenerse. No se detiene
el sol, ni la vida, aunque yo decida parar un segundo. No, aunque yo
haya parado unos minutos.
Cuando estuve frente al Capucchino
caliente, no pude evitar sentir que el tiempo se detenía, que el
instante se hacía eterno. Quizás porque solo quería disfrutar el
momento. Vivir sin prisas, cerrar los ojos, detenerme un segundo y solo
vivir. Respiré, saboreé la dulce crema, disfruté mi capucchino caliente
como si la vida se me fuese en cada sorbo. Pude percibir en
absolutamente todos mis sentidos, que aquello era la gloria terrenal.
Simplemente exquisito.
Y pensé, "este es el mejor capucchino en
solitario que he bebido jamás". Aún no consigo explicar porque la
soledad, aún cuando estás rodeada de muchas personas es tan buena para
pensar... y para escribir.
Sonreí. Me declaré una vez más
inconforme conmigo misma; pero contradictoriamente satisfecha con la
vida por segundos y a sorbos amé mi capucchino. Hice una silenciosa y
dulce fiesta abrazada a mi café caliente, y entonces le rendí homenaje a
la vida del único modo que sé: escribiendo.
Dibujé una sonrisa
nostálgica de aquellas que nadie ve; pero que reconozco alguna vez en
mi espejo. Besé por última vez la copa ya vacía y bebí el último sorbo.
Sonreí de nuevo, no podía dejar que la vida se escape.
Pensé que
para muchos, como para mí, el café es algo tan intenso y evocador, casi
un sinónimo del acto de entrega humana absoluta, quizás aquel día yo tuve un
enamoramiento fugaz con mi capucchino. Y fué intenso, inquietante,
cálido y activo. Fuí feliz. Sentí que mis energías se renovaban. Sonreí
de nuevo pensando que aquello era fascinante, pensé en las
contradicciones de la vida: el café ni siquiera me deja dormir.
Entonces, recordé que allá afuera, todos caminan con prisas y yo debo
reanudar las mías.
Miré mi copa vacía y observé la hora. Nada se
detuvo allá afuera, ni se detendrá aquí adentro (en mi corazón y en mi
alma) . Porque así tiene que ser la vida.
Fuí plena en aquellos
minutos, a solas, y conmigo. Apresuré el paso. Allá afuera la vida no
espera, la vida sigue, como siempre...
Y seguí mi camino, inmersa en
un particular contoneo femenino, con pasos firmes, hacia la conquista
de mis días, o hacia la rutina de la vida. Yo elijo.

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