Claudia Leslie Aguilar Rojas
Paulatinamente me rodeo de aquel mundo que me absorbe y seduce, lentamente me convierto en una compañera inseparable de aquellos que aman tanto como yo, las letras y la poesía. Admito que en cualquier momento podríamos enamorarnos de la locura.
Me detengo y observo la vida. Cuantas veces, feliz, transité sobre caminos sinuosos donde mis musas piadosas de la inspiración me observaban y continuamente me susurraban al oído; a sabiendas de que dejo de ser, de existir; si no escribo.
Hoy sobrevivo a un silencio absoluto. Las musas llevan varios días calladas, absortas en un espacio vacío que me doblega. Vacilan, dudan y piensan. Una musa que piensa ya no es una musa, se ha convertido en un nudo.
Y no en aquel nudo que se enmaraña en el problema dentro de un relato literario, no. No, no aquel nudo que contiene la historia. No.
Se han convertido en nudos que recorren mi garganta y cierran mis oídos. Que estrujan mi alma y se insertan dolorosas en mi vientre ardiente. Que revolucionan y crían raíces en mi estómago vacío provocando la nausea. Y entonces aquel nudo se reduce inexplicablemente a fantasmas lejanos que no consigo alcanzar y aquella nausea quiere vomitar palabras, ideas, pero yo solo escucho el silencio. Un silencio abrumador y desesperante. Vacío.
Se han convertido en nudos que recorren mi garganta y cierran mis oídos. Que estrujan mi alma y se insertan dolorosas en mi vientre ardiente. Que revolucionan y crían raíces en mi estómago vacío provocando la nausea. Y entonces aquel nudo se reduce inexplicablemente a fantasmas lejanos que no consigo alcanzar y aquella nausea quiere vomitar palabras, ideas, pero yo solo escucho el silencio. Un silencio abrumador y desesperante. Vacío.
He contenido mis musas en un vaso.
Están atrapadas para mí; pero ahora debo ir por ellas, ya que ellas no pueden venir por mí.
Ha iniciado el dilema, si las dejo en libertad, volarán y no sabré donde están; pero ahora sé que ellas siempre podrán volver a mí y susurrarme al oído. (Son eternamente mías, tanto como yo les pertenezco). Debo aceptarlo, aunque con ello vomite mis entrañas. O debo acostumbrarme a buscarlas del modo más tradicional, rompiendo las reglas humanas.
No hay musas prisioneras que hablen de poesía. No hay musas cautivas que hablen de amor; ni sonrían.
Hoy el telón ha caído. He levantado el vaso.


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